Hoy he vuelto a mi infancia. Cada vez que vuelvo a casa de mis tíos, me revuelvo por dentro. 

Mi portal, la puerta de mi casa, el parque donde aprendí tantas cosas... Lloré mucho al irme de allí a los 15 años.

El barrio ha cambiado mucho. No se parece en nada. Pero mi cabeza lo transforma a aquellos años.

Fuimos muy afortunados. En plenos años 80, donde la heroína empezaba a hacer estragos, los niños teníamos libertad de movimiento. Íbamos solos a hacer la compra con la única preocupación de escondernos los billetes en las mangas de la camisa por si algún toxicómano nos atracaba. Pero no teníamos miedo. De una patada se caían al suelo.

Había muchos niños en el barrio. Teníamos todos la misma edad o la de nuestros hermanos mayores. Nadie se encontraba solo. Nos reuníamos en "el parque de atrás". Sabíamos dónde vivían todos y cada uno de ellos. Sus padres y los nuestros eran amigos del barrio también. 

Se reciclaban los cascos de las botellas y los niños éramos los encargados de ir a la bodega a rellenarlos de sifón o cualquier bebida alcohólica; las tapas de chapa servían para hacer carreras en la tierra; intercambiábamos películas de VHS, a ser posible de artes marciales; calculabas perfectamente las vueltas de la compra porque eran para ti; sabías lo que signficaba un cuarto de jamón york o choped y lo que era una madeja de hilo egipcio; nos dolían los brazos por sujetar la lana mientras tu madre hacía el ovillo; el dinero de la comunidad se metía en una lata de galletas de mantequilla; jugar al escondite una noche de verano con los del barrio era el evento del año para mí. Jugaba y jugaba hasta que mi madre me gritaba por la ventana de la terraza que ya era hora de cenar.

 En fin, era una pasada! Éramos libres!

 El caso es que, desde nuestra marcha, siento como que no tengo un sitio de referencia. Cuando la gente me pregunta si soy de aquí o de allá, no sé muy bien qué contestar. Ya no queda casi nada de ese maravilloso parque pero tampoco me siento parte de donde vivo. 

Estar en casa de mis tíos, de mi familia materna, me hace sentir la persona más afortunada del mundo. Para comer hicieron paella, más torrijas, más tuppers de bacalao y potaje. ¡Cómida de madre! Cuando tu madre se convierte en estrella ya no puede hacer tuppers de comida, así que se valora mucho y gracias. Las charlas, risas, gracietas, albúm de fotos, servirte un café... que te recuerden que ahí tengo mi casa y que a ver si voy más... Sólo el hecho de que te cocinen y te sirvan ya es algo muy muy a agradecer y valorar. 

Entonces... entonces comprendes que el hogar no es un lugar, sino la gente que te quiere de verdad. 

Por muchos años juntos. 

Gracias Leones, de todo corazón.


Palabras de... una princesa* 

 

 

 

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